Aquellos árboles al lado de su casa no eran los de un bosque, pero cuando el pequeño David salía a jugar, lo hacía con la certeza de que podía encontrarse allí con Robin Hood. En aquellos días una rama podía ser la espada de caballero y el camino de detrás de casa, una pista de lanzamiento de Cabo Cañaveral. Todos los niños tienen un superpoder llamado magia, aunque no todos los adultos lo recuerdan al crecer. 

 

Pero el pequeño David se hizo mayor sin olvidarse de soñar. Con los ojos abiertos. Será porque mantiene el asombro de los diez años cuando se encierra con su voz y su guitarra y vuelve a ser aquel niño al que imaginaba un mundo para los demás. O será porque este treintañero ahora es padre. Y mira el universo otra vez desde la altura de sus dos hijos, tirado en el suelo de su casa. Riéndose como uno sólo se ríe cuando es pequeño. Viendo la vida con la inocencia de un niño de tres años y la curiosidad de una cría de diez. “Es cuestión de perspectiva” canta en Micromagia. Sí, eso es.

 

“La música es jugar”, dice David Otero. Se le enciende algo en los ojos. Se le ilumina la voz. “Es magia”, añade después. Y es magia de la buena: no de la que se esconde en una chistera trucada, sino de la que nos dejamos de niños en los bolsillos para recuperarla, ya adultos, cuando descubrimos que la volvemos a necesitar.

 

Ésa es la magia –tan pequeña y tan potente- que David Otero invoca en esta canción. Sólo podía ser así. Porque cuando Raúl Galván y él se encerraron a mezclar acordes y letras, algo especial sucedió. Tenía que pasar: los dos llevan años compartiendo sueños, escenarios y carreteras, pero nunca habían compuesto juntos. Hasta que una tarde, sentados el uno junto al otro, volvieron a tener diez años. Se divirtieron. Se rieron. Celebraron la amistad, las grandes-pequeñas-cosas, la importancia de lo que se nos olvida y de lo que siempre deberíamos recordar. Y lo llamaron Micromagia. Y nos la regalaron en forma de canción para ver como nos inundaba el cuerpo y nos hacía disfrutar.

 

“Sólo funciona si te dejas llevar. Si te olvidas de la teoría y te lanzas a sentir.” Así se ha lanzado David Otero. Sin red. Con la valentía de quien cierra los ojos para volver a ser niño, pero también sabe abrirlos para descubrir realmente quién es. Sin cadenas, ni candados. Con el pecho descubierto y el corazón en las manos. Como un Houdini que hubiera roto la camisa de fuerza para mostrarse, al fin como es: David Otero, un cantante sin truco, sencillo pero diferente, sincero y real, con la madurez que da la experiencia y la energía del que quiere seguir aprendiendo sin parar. Él, el mismo niño que fantaseaba con los ojos abiertos. Él, un músico, un padre, un marido, un currante, un compañero. Un cantante que se emociona cuando habla de lo suyo. Un niño que vuela cuando se pone a cantar. Como si siempre fuera la primera vez.

 

A cambio de esta pócima prodigiosa, David Otero sólo nos hace una petición: que nos dejemos llevar. Y es imposible no hacerlo con esta canción que tiene algo de himno luminoso y de invitación a la felicidad. Micromagia nos hará reír y nos hará bailar, nos hará dar vueltas de peonza con los brazos abiertos y la sonrisa en la cara. Nos conectará con aquellos niños que soñaban y sospechaban que las ilusiones podían hacerse realidad. La prueba está aquí.

 

“No lo busques en otro lugar, está dentro de ti.” Escuchamos cantar a David y se nos contagia esa otra perspectiva con la que podemos mirar el mundo: la del chiquillo que despreocupado correteaba entre los árboles de detrás de su casa imaginando que estaba en el bosque de Robin Hood. Quién sabe si se llegaron a cruzar.

 

Así funciona la Micromagia de David Otero: como un compuesto de energía positiva que nos recuerda que para volar hay que romper los candados, hay que atreverse, hay que dejarse llevar, hay que permitirse soñar. Porque una cosa es crecer y otra dejar de volar. Así que mete ahora las manos en los bolsillos y busca tu chispa de Micromagia. Está ahí. Está en ti.

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